Desde hace más de dos décadas, Adrián Suar, nacido Adrián Kirzner Schwartz, judío de origen, dirige los contenidos de Canal 13 y comanda la productora Pol-Ka, una de las mayores fábricas de ideología anticristiana en la televisión argentina. A través de un aparente entretenimiento masivo, ha desplegado una estrategia cultural que bien puede describirse como una guerra sutil pero constante contra la fe católica, su moral, sus símbolos y sus instituciones.
No se trata de una opinión ni de una teoría conspirativa. Basta revisar sus producciones para ver la burla sistemática de lo sagrado, la ridiculización del sacerdocio, la sexualización de la familia, la glorificación del pecado y la constante exaltación de modelos de vida absolutamente opuestos al Evangelio. Lo que Suar ha hecho —y sigue haciendo— es usar los medios públicos para promover una agenda de deconstrucción religiosa y moral, especialmente dirigida contra la Iglesia que fundó Jesucristo.
Y lo más grave: lo hace desde una posición de poder cultural absoluto, con respaldo empresarial, mediático y político. Su identidad religiosa, ajena al cristianismo, no es incidental: es un dato clave que ayuda a entender la ajenidad y hasta el desprecio con que trata lo católico, reduciéndolo a elemento folclórico, obstáculo narrativo o simple chivo expiatorio. ¿Podría un productor católico en Israel o en medios judíos burlarse impunemente del judaísmo como Suar lo hace con el catolicismo? La respuesta es obvia.
Este ataque no es sólo suyo: su hijo, Tomás “Toto” Kirzner, sigue el mismo camino. En el canal de streaming Olga, protagonizó una parodia blasfema del pesebre viviente, deformando con sarcasmo uno de los misterios más sagrados del cristianismo. El repudio fue inmediato, pero la señal es clara: la irreverencia y la ofensa a Cristo se han convertido en moneda corriente en los medios “modernos”.
Esta dinastía mediática ha logrado que millones de hogares católicos sean adoctrinados a diario con una ideología completamente ajena a su fe. Y lo hacen sin resistencia, porque muchos fieles se han vuelto indiferentes o tibios. Pero ante esta realidad, los católicos que aman la Verdad deben alzar la voz.
Lo que hace Adrián Suar no es entretenimiento: es corrupción espiritual, es escarnio público de lo que tenemos por más santo, es un crimen cultural contra el alma católica del pueblo argentino. Y como tal, exige rechazo, denuncia y reparación. No podemos seguir financiando con nuestra atención y silencio estas ofensas a Nuestro Señor Jesucristo.
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