martes, 10 de junio de 2025

La comunión eclesial verdadera cuando la jerarquía vacila

 



La comunión eclesial cuando la jerarquía es contraria al Evangelio

No son pocas las veces en la historia en que los fieles católicos se han visto perplejos ante las palabras o decisiones de sus pastores. Pero, ¿qué ocurre cuando esa perplejidad se transforma en angustia porque las enseñanzas o acciones de la jerarquía parecen ir contra el Evangelio mismo? Este artículo nace como una reflexión serena desde el corazón de la tradición católica, buscando iluminar, con el auxilio de la doctrina perenne, el misterio doloroso de una Iglesia visiblemente herida, pero siempre santa por su Esposo.

En lugar de un esquema teórico, proponemos un recorrido que parte de la experiencia eclesial concreta, se deja interpelar por el Magisterio tradicional y por la sabiduría de los santos, y concluye con una mirada esperanzada en la fidelidad de Dios.

Una comunión que va más allá de lo visible

La comunión eclesial no es simplemente estar bajo una misma administración. Es mucho más que recibir sacramentos válidos o asentir a decisiones disciplinares. Se trata, sobre todo, de participar del alma de la Iglesia, que es la fe teologal y la caridad divina. Esta verdad, tan olvidada hoy, fue expresada con claridad por el Papa Pío XII en Mystici Corporis: no está en verdadera comunión quien, aunque exteriormente unido, no vive en la verdad y en la gracia.

Por eso, si bien la unidad visible en la fe, los sacramentos y el gobierno es necesaria, no basta por sí sola. La comunión plena requiere una armonía interna con la fe transmitida por los apóstoles. La fidelidad al Evangelio no puede ser sustituida por la obediencia formal.

El poder en la Iglesia es un servicio al Evangelio, no su dueño

Toda autoridad eclesiástica, desde el Papa hasta el último sacerdote, tiene un mandato: custodiar, no reinventar. El Concilio Vaticano I fue categórico al enseñar que el Romano Pontífice no es un profeta que recibe nuevas revelaciones, sino un garante de la fe recibida (Dz 3070).

Santo Tomás de Aquino, con su clásica lucidez, recordaba que incluso los fieles pueden y deben resistir a sus prelados si éstos se apartan de lo que es necesario para la fe (STh II-II, q. 33, a. 4, ad 2). Este principio no es subversión: es fidelidad. Porque el Evangelio está por encima de todo, incluso del cargo más alto.

Cuando resistir es obedecer

El Evangelio nos narra un episodio desconcertante: San Pablo resiste a San Pedro "cara a cara" (Gál 2,11). No por orgullo, sino por amor a la verdad. San Agustín ve en este gesto una enseñanza para toda la Iglesia: incluso el primero de los apóstoles puede errar en la praxis y necesita corrección.

San Roberto Belarmino, doctor de la Iglesia y defensor del papado, escribió sin titubeos que es lícito resistir al Papa si éste lleva a la práctica costumbres dañinas o manda algo contrario a la moral. Esta tradición de resistencia filial no es cismática, sino profundamente católica.

Pensemos en San Atanasio, obispo incansable frente al arrianismo, condenado y expulsado varias veces, pero sin dejar de considerarse hijo fiel de la Iglesia. Nunca fundó una "Iglesia paralela", sino que perseveró en la fe que había recibido.

Romper con el error, no con la Iglesia

Monseñor Lefebvre lo expresó con claridad conmovedora: su oposición no era contra la Iglesia, sino contra una corriente dentro de ella que había abandonado la tradición. “Nos adherimos a la Roma católica guardiana de la fe católica y de las tradiciones necesarias al mantenimiento de esa fe…”

El Cardenal Louis Billot enseñaba que no está fuera de la Iglesia quien, por ser fiel a la fe, parece alejarse exteriormente de sus pastores. Al contrario, está fuera quien rompe con la fe, aunque conserve la apariencia de obediencia.

En tiempos de confusión, discernimiento sobrenatural

No estamos llamados a juzgar intenciones, pero sí a discernir doctrinas. Cuando una autoridad eclesiástica enseña algo contrário a lo que la Iglesia ha enseñado siempre, nuestra obligación es permanecer en lo que fue creído quod ubique, quod semper, quod ab omnibus.

No hay salvación fuera de la Iglesia, extra Ecclesiam nulla salus, pero tampoco hay salvación en una obediencia que traiciona la fe. El alma que desea permanecer católica en un tiempo de prueba debe pedir luz, estudiar el Magisterio tradicional, y aferrarse con humildad y firmeza a lo que siempre creyó la Iglesia. Porque la comunión verdadera no se construye sobre consensos pasajeros, sino sobre la Roca que es Cristo.

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