Lo ocurrido en la reciente vigilia frente a la casa de la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner, en la que el sacerdote Francisco “Paco” Olveira tomó la palabra como si de un mitin se tratara, ofrece un nuevo ejemplo de la grave desviación que afecta a sectores del clero comprometidos con ideologías mundanas antes que con el Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo.
El sacerdote, valiéndose de su investidura sagrada, se alzó en medio de una concentración partidaria para pronunciar palabras teñidas de lucha política, mezclando pasajes de los salmos con consignas de tinte revolucionario: “No van a proscribir nuestra esperanza, no van a proscribir nuestra lucha”. Este tipo de declaraciones, si bien revestidas de un ropaje bíblico, desnaturalizan el sentido de la Palabra de Dios, que no fue dada para respaldar proyectos temporales, menos aún aquellos que promueven el desorden moral, la corrupción institucional o el enfrentamiento de clases.
Recordemos que el sacerdote es un alter Christus, otro Cristo, consagrado para ofrecer el Santo Sacrificio del Altar y guiar las almas hacia la vida eterna, no para agitar multitudes o bendecir banderas políticas. Como enseña san Pío X, “no es el oficio del sacerdote mezclarse en los asuntos políticos” (Notre Charge Apostolique, 1910), y menos aún, como tristemente se ha vuelto habitual, ponerse al servicio de una facción ideológica que ha promovido leyes abiertamente contrarias a la ley natural y divina.
La esperanza cristiana no consiste en resistir a fallos judiciales ni en sostener candidaturas políticas, sino en la fidelidad a Cristo, en la gracia santificante, en la bienaventuranza eterna. Usar el púlpito —o una escalera improvisada— para anunciar otro evangelio (cf. Gal. 1,8) es una forma de escándalo: confunde a los fieles, desdibuja la identidad del sacerdocio y pone en entredicho la misión misma de la Iglesia.
Por amor a la Verdad y a la dignidad del sacerdocio, es necesario alzar la voz frente a estas desviaciones. No para atacar a las personas, sino para reafirmar el orden querido por Dios, que no se puede subordinar a ninguna estrategia electoral ni a sentimentalismos ideológicos.
“Non est nobis colluctatio adversus carnem et sanguinem...” — “No tenemos lucha contra carne y sangre, sino contra los principados, contra las potestades, contra los gobernantes de este mundo de tinieblas” (Efesios 6,12). Que los pastores no olviden que su combate es espiritual, no político.
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