En una reciente declaración, la Comisión Ejecutiva del Episcopado Argentino ha afirmado que a cada persona humana le corresponde una “dignidad infinita”, fundamentada “inalienablemente en su propio ser”. A pesar de la buena intención pastoral que anima el texto —la defensa de los discapacitados frente a políticas insensibles—, no puede pasarse por alto el error de fondo que esta expresión encierra.
La dignidad del ser humano, ciertamente altísima, no es infinita. Sólo Dios es infinitus en sentido propio. El hombre posee dignidad porque ha sido creado ad imaginem et similitudinem Dei (Gén. 1,26), y su fin último es Dios. Su valor no reside en sí mismo como absoluto, sino en su orden esencial a su Creador y Redentor.
Decir que el hombre tiene una dignidad infinita, basada en “su propio ser”, es deslizarse sin matices hacia un humanismo antropocéntrico, donde el hombre se vuelve medida de todas las cosas. Esta visión, impregnada de pensamiento moderno y personalista, disuelve la dependencia ontológica de la criatura respecto a Dios y debilita la noción de gracia, redención y vida eterna.
La Tradición de la Iglesia siempre ha enseñado que la dignidad humana es recibida, no poseída por derecho propio. Como enseña León XIII:
“El hombre no puede llegar a su perfección sino por medio de Dios.” (Immortale Dei, n. 2)
La caridad hacia los pobres, enfermos y discapacitados exige claridad doctrinal. Defender al hombre sin referirlo a Dios termina por vaciar el verdadero sentido de su dignidad. En tiempos de confusión, recordar las verdades perennes no es rigidez, sino caridad verdadera.

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