En medio de la confusión eclesial contemporánea, marcada por ambigüedades en torno al concepto de “sinodalidad”, es urgente recuperar el verdadero sentido de los sínodos según la tradición de la Iglesia. Lejos de ser una plataforma de democratización o un parlamento eclesiástico, el sínodo —en su forma diocesana o provincial— ha sido históricamente una herramienta de gobierno episcopal para la corrección, la formación y el impulso pastoral.
Los sínodos, tal como los entendía la Iglesia medieval y como los promovió el Concilio de Trento, eran reuniones periódicas donde el obispo, como pastor supremo de su diócesis, se encontraba con su clero para abordar temas de vital importancia: la santidad del estado clerical, la instrucción del pueblo, los abusos litúrgicos, el combate a la herejía y la respuesta a las amenazas del mundo secular. No se trataba de consultar al pueblo para redefinir la doctrina, sino de fortalecer la fe mediante la disciplina y la verdad.
El abandono de esta práctica ha contribuido al debilitamiento del gobierno episcopal y a la pérdida del sentido de responsabilidad pastoral. Reinstaurar el sínodo en su forma tradicional —limitado, claro, jerárquico, con objetivos definidos— podría ser hoy una de las vías más eficaces para la verdadera reforma de la Iglesia desde sus estructuras locales.
Frente a la “sinodalidad” líquida y ambigua que hoy se promueve desde sectores progresistas, urge una sinodalidad verdadera, enraizada en la tradición y puesta al servicio del munus regendi del obispo. No se trata de rechazar por principio toda forma de sínodo, sino de purificarlo, delimitarlo y orientarlo nuevamente hacia su fin propio: la salvación de las almas (salus animarum suprema lex).
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