En tiempos en que se exalta la solidaridad como virtud suprema de la convivencia social, conviene recordar con claridad que la caridad cristiana la supera infinitamente en dignidad, origen y eficacia. La solidaridad es, en el mejor de los casos, un sucedáneo natural de lo que sólo la gracia puede obrar en el alma: el amor sobrenatural a Dios y, por Él, al prójimo.
La caridad (caritas) es una virtud teologal, infundida por Dios en el alma del justo. Nos mueve a amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo por Dios. No se trata de una simpatía natural, ni de un compromiso social, sino del amor mismo con que Dios nos ama, participado por el alma en estado de gracia. De ahí su carácter eminentemente sobrenatural: no puede brotar del mero esfuerzo humano.
Por contraste, la solidaridad, tal como la predican hoy el humanismo laico, el progresismo político o incluso algunas corrientes eclesiales modernas, se contenta con un humanitarismo horizontal, que ayuda al prójimo, sí, pero sin referirlo a Dios ni al orden eterno. Se convierte fácilmente en ideología, en filantropía sin alma, en compasión sin verdad.
Santo Tomás enseña que la caridad es “amicitia quaedam hominis ad Deum” —una cierta amistad del hombre con Dios— (S.Th. II-II, q.23, a.1). Y porque amamos a Dios, amamos al prójimo, no por su utilidad o afinidad, sino por ser imagen suya y objeto de Su redención. Sin esta raíz divina, el amor al prójimo se vacía de su verdadero sentido.
No negamos que la solidaridad, cuando no contradice la ley moral natural, pueda tener un valor relativo. Pero cuando se la absolutiza y se pretende sustituir con ella a la caridad, se incurre en una falsificación peligrosa: se suplanta la gracia por el mero esfuerzo humano, la cruz por el consenso, la redención por la asistencia social.
El cristiano está llamado a ejercer la caridad, no la solidaridad. Amar con el amor de Cristo, no con los sentimientos del mundo. Sólo así nuestras obras tendrán valor eterno.

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