lunes, 23 de junio de 2025

La infantilización de la fe católica: responsabilidad de los pastores

 



La crisis de doctrina, arte y música

Uno de los fenómenos más tristes y corrosivos que se observan en la vida de la Iglesia de hoy es la infantilización de la fe. No se trata aquí de la santa simplicidad de los pequeños del Evangelio, sino de una reducción sistemática del cristianismo a una religión emocional, superficial y estéticamente empobrecida. Esta deformación no ha surgido espontáneamente del pueblo fiel, sino que ha sido permitida, fomentada e incluso promovida por muchos pastores de la Iglesia, especialmente obispos, que han abandonado su deber de custodiar la fe, santificar a las almas y gobernar conforme a la Tradición.

En lugar de una doctrina sólida, alimentada por el magisterio perenne, la mayoría de los catequistas —muchas veces sin formación teológica— repiten frases simplonas y moralismos horizontales. Y esto ocurre con la anuencia, o incluso por indicación directa, de los obispos responsables de la formación catequética diocesana. Son ellos quienes han sustituido el catecismo de san Pío X o el de Trento, por manuales con dibujos y juegos, tratando a los fieles adultos como si fuesen incapaces de recibir alimento sólido (cf. Heb 5,12). El resultado es una generación que no conoce ni comprende los dogmas esenciales, y que confunde el Evangelio con una especie de psicología positiva.

Lo mismo ocurre con el arte sacro. Bajo la vigilancia —o el silencio culpable— de los obispos, los templos se han llenado de imágenes de estilo infantil, de figuras grotescamente deformadas o de representaciones irreverentes. El Sagrado Corazón de Jesús se pinta como una figura caricaturesca; la Virgen como una adolescente aniñada. Se ha dejado de transmitir el sentido del tremendum mysterium, de lo sagrado, de lo que inspira reverencia. Y esto, en muchos casos, con la aprobación expresa de las comisiones diocesanas de liturgia y arte, que deberían custodiar la tradición estética de la Iglesia.

Pero donde la degradación se vuelve más flagrante es en el campo de la música litúrgica. La mayoría de los obispos ha permitido —cuando no impulsado— que se abandone el canto gregoriano, la polifonía sacra y el repertorio tradicional, para dar lugar a cantos insulsos, sentimentales, de estructura casi pop. En lugar del Kyrie o del Sanctus, se entonan canciones con ritmo de fogón juvenil, que nada tienen de sacro ni de teológicamente edificante. Se ha roto así con el mandato expreso de san Pío X: “El canto gregoriano es el canto propio de la Iglesia romana” (Tra le sollecitudini, 1903), y con las indicaciones de todos los Papas hasta Benedicto XVI. ¿Cómo no ver en esto una negligencia grave de los sucesores de los Apóstoles?

La responsabilidad de los obispos es inmensa. Ellos son los principales pastores, los jueces supremos de la liturgia en sus diócesis, los garantes de la sana doctrina y de la vida sacramental. Cuando permiten que se reemplace la fe por emocionalismo, el arte por infantilismo y la música sacra por banalidad, están traicionando su mandato: “Praedica verbum, insta opportune importune, argue, obsecra, increpa in omni patientia et doctrina” (2 Tim 4,2).

No es el pueblo quien ha pedido esto: es el pueblo quien ha sido empobrecido por estas decisiones. Es el rebaño el que sufre la negligencia de sus pastores, y en muchos casos —siguiendo el ejemplo de santos como san Atanasio o monseñor Lefebvre— el que debe resistir, por fidelidad a la Tradición.

Es urgente que los obispos reconozcan su error, restauren lo que destruyeron y asuman con valentía su deber de enseñar, santificar y regir conforme al depósito recibido. De lo contrario, seguirán siendo responsables ante Dios del extravío de las almas.

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