lunes, 23 de junio de 2025

El Israel bíblico no es el Estado moderno de Israel

 



El verdadero Israel: Entre la promesa bíblica y el Estado moderno

A lo largo de los siglos, el nombre de Israel ha tenido un peso teológico profundo, inseparable del plan divino de salvación revelado en las Escrituras. Sin embargo, en tiempos recientes, se ha popularizado la idea de que el moderno Estado de Israel, surgido en 1948, es la continuación legítima y directa del Israel bíblico. Esta visión, impulsada por ideologías políticas y corrientes religiosas ajenas a la tradición, distorsiona gravemente la verdadera identidad del pueblo de Dios.

En las Sagradas Escrituras, Israel designa originalmente al pueblo elegido, formado por los descendientes de Abraham, Isaac y Jacob, y llamado a ser portador de la promesa mesiánica. Sin embargo, esta elección no tenía un fin meramente étnico o territorial. Toda la historia sagrada del Antiguo Testamento conduce a un cumplimiento: la venida del Mesías, Jesucristo. Con Él se inaugura una nueva y definitiva etapa: la formación de un nuevo pueblo de Dios, ya no definido por la sangre, sino por la fe.

Este nuevo Israel es la Iglesia de Cristo. Así lo enseña San Pablo: “No todos los que descienden de Israel son Israel” (Rom. 9,6) y también: “Los que viven según la fe, esos son los hijos de Abraham” (Gal. 3,7). La elección divina permanece, pero ha sido asumida y consumada en una realidad espiritual que trasciende el linaje carnal. Desde Pentecostés, es en la comunidad de los que creen en Cristo donde habita la plenitud de las promesas divinas.

Por eso, el antiguo pueblo fue figura y preparación. La verdadera descendencia de Abraham no está determinada por genealogías, sino por la unión con el Mesías. La Iglesia de Cristo es ahora el pueblo santo, extendido entre todas las naciones, convocado no a poseer una tierra material, sino a heredar el Reino eterno.

En este contexto, el moderno Estado de Israel no puede ni debe ser identificado con el Israel bíblico. Se trata de una entidad política, con objetivos y fundamentos que responden a criterios históricos, nacionalistas y muchas veces incluso seculares. No es una continuidad del Israel espiritual de las Escrituras, ni representa el cumplimiento de las promesas hechas por Dios a los patriarcas.

Confundir ambos planos —el teológico y el geopolítico— no solo es un error conceptual, sino también un obstáculo para la comprensión del verdadero plan divino. Las promesas de Dios no se realizan en proyectos humanos, por muy legítimos que sean en su orden político, sino en la obra que Él mismo ha fundado por medio de su Hijo: la Iglesia de Cristo.

Afirmar, por tanto, que el actual Estado de Israel es la expresión del pueblo elegido, es desconocer que la elección de Dios ha sido llevada a su plenitud en Cristo, y que la verdadera Jerusalén es la que viene del cielo, la que se construye con piedras vivas, no con muros ni fronteras.

La Iglesia de Cristo, extendida entre los pueblos y unida por la fe y los sacramentos, es el nuevo Israel, peregrino en este mundo, pero llamado a la gloria. Es ella quien porta ahora la bendición prometida a Abraham: “En tu descendencia serán benditas todas las naciones de la tierra” (Gén. 22,18). Esa descendencia es Cristo, y quienes están en Él son los herederos verdaderos.


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